Les niñes tenemos derecho a manifestarnos emocionalmente y de diferentes maneras sin que se nos entre a cuestionar que tal o cual forma de expresión es "propio de niños" o es "propio de niñas". Sí, estamos cansadas hasta el berrinche de que nos digan que los niños no lloran y que las niñas son unas histéricas.
No queremos ser princesas, queremos ser médicos, astronautas, payasas o lo que sea que queramos ser. Por favor, madres y padres del mundo, dadnos a leer libros y a ver películas donde no se prime el estereotipo de género. Que éstas, si tienen que ser, sean las menos.
Queremos historias que hablen de relaciones no normativas, donde haya discapacitados, transexuales, madres solteras, negros, chinos, bolleras. No nos digan de mil maneras que el amor romántico nos va a salvar. Nos vamos a salvar nosotras, porque somos fuertes, valientes e inteligentes. Repetidnos estas cualidades más a menudo y no tanto el "ay, qué guapo, qué mona" queremos saber que hay más que la belleza y sobre todo que importa más.
Hablemos del vestir: queremos tener poder de decisión sobre nuestra ropa, poder ponernos un vestido o pantalones seamos "niños o niñas". Que en los colegios en los que haya uniforme éste o bien sea unisex o se pueda elegir libremente cual de los dos llevar o llevar ambos.
Queremos llevar el pelo largo o corto, que esta esfera también entre dentro de nuestro dominio de decisión. Si se me ha asignado el género de niño que nadie me diga que por ello no puedo llevar coletas o lazos o si por el contrario me quiero cortar el pelo, que se me deje hacerlo. Queremos experimentar.
No nos compren juguetes únicamente perteneciente a nuestro supuesto género, no sean aburridos. Todos podemos jugar con cocinitas, con coches o ser superheroínas. No nos marquen el camino ya trillado.
Que ser niña no signifique ser débil, que decir por ejemplo "correr como niñas" no se utilice peyorativamente. Corremos como niñas-leonas, porque eso es lo que somos. Que jugar sea un acto de expresión, comunión y aprendizaje con la demás comunidad infantil, no una manera de segregar en dos mitades a les niñes.
Aquí os dejamos algunos ejemplos de madres y padres que lo están haciendo jodidamente bien:
Hola compas, como indica el título, el viernes presentaré el tema que he estado investigando este semestre, comencé con el lenguaje performativo y la construcción del genero, intenté luego ilustrar ejemplos concretos y seguí con exclusión. Todo ello me llevó a querer crear una suerte de manifiesto infaltil sobre el derecho de la autodetermición y libertad de género de la niña/o, no sé si me dará tiempo a publicarlo antes del viernes, pero si se os ocurre alguna idea al respecto o algo que tengais que aportan será muy bienvenido.
Os dejo ahora lo enlaces a mis entradas, si necesitais información adicional o alguna explicación antes del viernes me podeis escribir a mi mail (anabelarodrigueznunes@gmail.com) y os paso el material o info. que necesiteis.
Después
del tímido acercamiento en mis dos entradas anteriores al género performativo y
con ello a las teorías queer, teorías
puta, teorías bollo o como queráis llamarlas, pero que suene fuerte y que haga
mucho ruido, es hora de pasar de la idea a la carne. Tal vez sea necesaria también un arma menos
académica y más cotidiana que hable un lenguaje más próximo, con signos,
expresiones y experiencias reconocibles. Porque muchas veces bajar la fría
teoría a la piel sensible es un camino más pedregoso y difícil que
pertrecharnos de retórica y motivos (que también pienso es ineludible si
queremos situarnos).
Primero
que nada, aclarar como bien hace Coco Riot, que la acción puede tomar muchas formas,
y cada una de nosotrxs necesita ver la que le conviene mejor según su
personalidad, sus capacidades y su comunidad. Si queremos dejar atrás las
imposiciones de género-sexo, guardémonos también de crear nuevas prospecciones
rígidas de cómo hay-que y cómo no-hay-que.
Pero pasemos antes por ejemplos más concretos de cómo esta creación que es el género se va dando y gestando:
Las
mujeres, las asignadas mujeres en el nacimiento, las leídas como mujeres, o
como os salga de la vagina llamarlo, estamos desde pequeñas sometidas a un
sinfín de indicaciones y normas sociales sobre qué es ser mujer y qué conductas y actitudes vienen asociadas a ello. Ésto en la infancia funciona de una manera mucho más visible, para algunxs, que luego en edades más avanzadas. Hay
juguetes para niños y para niñas, los primeros suelen ser del área de cuidados,
limpieza o belleza, hay series infantiles para niñas con protagonistas
hiperfemeninas y series para niños. Hay siempre alguien que te señala que no
debes hacer pis de pie, que no debes cortarte el pelo, que los camiones son
para niños, que las niñas se casan con príncipes y no con princesas, que hay
que estar guapa, que el amor romántico nos va salvar y todos a comer perdices.
La belleza es el requisito sine qua non
para valorar a una mujer, las figuras sabias y respetadas siempre son
masculinas y más allá de lo que se dice hablando es lo que se ve callando, la
forma de actuar de padres, de compañeros, los roles repetidos hasta la nausea en películas y
libros, las miradas de desaprobación.
Todo esto de arriba y la interminable lista
que falta y viene algo después (los piropos que comienzan incluso antes de la adolescencia, las agresiones sexuales, el "estate callada", que la voz de alguien con pene
se escuche más que la tuya, cobrar menos por el mismo trabajo y puedo seguir,
pero me estoy cabreando) no funcionan como "indicaciones" suaves y amables o como normativas flexibles,
una vez que los roles se establecen como normas sociales implícitas sus mecanismos de acción
se mueven, entre otros, mediante la exclusión y la adopción del discurso como propio, como parte del "yo".
Después
de años bajo el mismo discurso repetitivo éste se interioriza y se convierte en uno mismo,
el vigilante eternamente vigilado, acabas andando, riendo, vistiendo,
sonriendo, follando y procreando como "la mujer que eres", voilá “y el verbo se
hizo carne”.
El
otro potente mecanismo es la exclusión. Empieza
en la familia y en el colegio, se margina a aquel que no sigue el rol de género
que le ha tocado, a la marimacho, al niño afeminado, los padres se sienten decepcionados y miran
como padres decepcionados o como padres amenazantes, todo muy sutil a veces,
pero muy. Y esto sigue en el instituto, en la pareja, en la universidad, en la
vida. La exclusión funciona muy bien, porque duele y muchas veces no solo viene
de fuera. Muchas veces ni siquiera es visible.
¿Y
ahora qué? ¿Cuáles son los contra-mecanismos para combatir?¿Cómo salir de estas
identidades rígidas y fértiles padres de malestar?
Empecemos
por nuestro comienzo: el lenguaje, utilicemos uno más inclusivo, desechemos el
masculino plural invisibilizante como universal, dejemos de decir “el hombre”
cuando nos refiramos a la humanidad. Utiliza vosotras, nosotras, nosotres, elles,
ellxs, diversifica tu lenguaje. Dejemos de transmitir mediante la palabra
ficciones sociales, ni “las mujeres son”, ni “deberían”, ni “suelen” ni
diferencia alguna que haga referencia a
una verdad pre-existente.
Cambia
tu manera de percibirte, inténtalo al menos, si la verdad se crea, el
repetirnos constantemente que somos mujeres, que somos hombres, que somos heterosexuales, que somos x, va a
acabar por moldear y crear nuestro
deseo, nuestra forma de pensar, de hablar, de vestir, etc. Déjate hacer sin
categorizarte genéricamente, córtate el pelo, déjatelo largo, déjate crecer el
vello, depílate, usa vestidos, no los uses, ponte un pene de plástico, quítatelo, mastúrbate,
haz una orgía, y sobre todo viceversa.
En definitiva haz sin que el supuesto género al que perteneces te marque los espacios y las posibilidades de ser.
No te autocategorices constantemente. Como dice deMiriam Yung “Hoy
diré “yo” 276 veces, sin saber exactamente a quién me refiero”. Pero desconfía también de tus voluntades cisgénero.
Para ilustrar mi discurso,
ampliarlo y especificarlo os voy a dejar diferentes enlaces de áreas menos
académicas, pero no menos interesantes:
En dichas revistas se pueden
leer cosas como: “Sé comprensiva con todo el mundo y, sobre todo con ÉL -’él’
viene escrito en mayúsculas-. No juzgues, no critiques, no rechaces a cuantos
no actúan como tú. Serás más bella”. Desde algunas tribunas se sugiere que
hacerse la inútil es una eficaz técnica de conquista. “En lugar de tratarlo
como a tu mayordomo particular utiliza la táctica ‘patosilla’: ¡Ay Javi, soy
una inútil, me he dejado el monedero en casa! (…) Javi eres un genio, si
pudiera estudiar con tus apuntes de mates seguro que aprobaría”, dice la
Superpop nº 465. O “Ellos te quieren ver fantástica, magnífica, estupenda,
brillante, seductora, encantadora, simpática, y genial. ¿Imposible? ¡Qué va! Te
contamos todos los trucos para que los chicos se te coman con los ojos”
También os dejo un
testimonio de la misma revista de una chico que cambió de género, donde dice
cosas tan reveladoras como:
“El primer cambio fue cuando
pasé de ser un objeto del deseo masculino a un igual. De repente me di cuenta
de que llevaba toda la vida con una mochila cargada a mis espaldas llena de
miedo. Un miedo que de forma más o menos consciente hemos sentido todas
aquellas personas socializadas como mujeres, y aquellas que son reconocidas
como tales. Un miedo sistémico que damos por hecho. Tan sistémico que yo (hasta
siendo feminista) no fui capaz de reconocer en mí hasta que no me vi libre de
él. Hasta el día en que se me acercó un tío por la calle para hablar y para él
no existía posibilidad de relación sexual. El acercamiento fue de igual a
igual."
Y por último un vídeo
divertidísimo de Ellen Degeners, porque el humor es una de las armas para
cambiar conceptos y visibilizar a la vez que se ridiculizan los estereotipos:
"No me pregunten quién soy ni me pidan que permanezca invariable"
Michel Foucault
Introducido ya el vector butleriano que nos guía por esta senda constructivista, el género no sería entonces algo que somos sino algo que hacemos. Toca hablar entonces de los performativos identitarios como ficciones naturalizadoras, que a través de su propia repetición producen la ilusión de una sustancia subyacente en relación causal con sus supuestas manifestaciones. Los performativos de género son, por tanto, vehículos de transmisión cultural portadores de valores normativos, por ser precisamente mediante y a través de ellos cómo la regulación del género social tiene lugar.
Uno de los caminos de subversión que señala Butler es el propio hecho de desenmascarar el carácter representacional de todo estilo de género y el modo de producción de estas ficciones esencialistas, como bien hace ella. Butler propone la necesidad de promover la acción política en el interior mismo de estas prácticas lingüísticas que producen el género, revelando sus estrategias performativas y empleándolas en sentidos nuevos (véase el propio nombre de "Teoría Queer" como reapropiación de términos), persiguiendo la superación de los binarios a través de la producción de una multiplicidad de configuraciones de género que desestabilicen los modelos de inteligibilidad cultural, revelando su funcionamiento fantasmático y su imposibilidad de contener sus propios ideales.
En vez de tomar esta consideración constitutiva del sujeto como impedimento para la acción y la transformación, Butler afirma que es este mismo carácter constituido la condición misma que posibilita su capacidad de lucha. Para Butler el sujeto mismo debe ser entendido como un espacio de resignificación, donde las estructuras de poder se citan a sí mismas sin por ello determinarlo. Esta ausencia de determinismo, la posibilidad de citar la norma introduciendo alteraciones subversivas, es la que nos va a abrir la posibilidad de subvertir el orden binario y heteronormativo.
Judith Butler, junto otras influyentes autoras feministas de las teorías queer, provocó una conmoción epistemológica con su noción de género allá por los años 80 y nos proporcionó así las herramientas conceptuales y semánticas para (re)pensarnos y (re)crearnos a nosotras mismas de formas divergentes. Golpeó con su martillo la noción de identidad que ya había comenzado Foucault a destruir cuando la mostró como una forma de opresión.
Pero, ¿hay vida más allá de, o mejor dicho, junto a Butler? Además del lenguaje, u otra vez junto a, ¿cuáles son las otras formas de creación de ficciones identitarias, qué papel juega el cine, la pornografía o la tecnología en todo esto? En los siguientes posts intentaré dar respuesta a ello de la mano de grandes artistas-analistas del pensamiento, como son Teresa de Lauretis y Beatriz preciado.
Me despido con un vídeo de Butler, para que sea su propia voz la que os cuente: